Por Isi Leibler

Cómo cayó en desgracia Israel

¿Cómo fue posible? Hace solamente 30 años, aún éramos elogiados como el mayor éxito de la historia del siglo XX. Éramos calificados de pueblo que se levantó de las cenizas del Holocausto y nos resucitamos en una nación democrática independiente, un oasis en una región dominada por tiranías y déspotas. Fuimos aplaudidos por haber resistido con éxito a los violentos esfuerzos de nuestros vecinos por destruirnos y negarnos el derecho a existir como nación judía soberana. Pero hoy, incluso en Europa Occidental, somos condenados como la mayor amenaza para la paz mundial, justo por detrás de estados criminales como Irán. ¿Qué sucedió? ¿Por qué y cómo fuimos derrotados tan claramente en el campo de batalla de la guerra de ideas?

En los primeros días, los líderes sionistas y padres fundadores de Israel eran conscientes en todo momento de que la guerra de ideas era un elemento crítico de la lucha por establecer y conservar un estado judío.

Antes de los Acuerdos de Oslo, cuando los israelíes se defendían ante el mundo, lo hacían con una pasión tan clara y un convencimiento más allá de dudas de que la justicia estaba de su parte. En aquellos días, nuestros representantes diplomáticos eran reconocidos como pertenecientes a los más destacados del mundo. Eran invariablemente idealistas dedicados y también capaces de articular la defensa de Israel con estilo.

La Guerra de los Seis Días fue el punto de inflexión. Hasta entonces, como el pequeño país valeroso que lucha por su supervivencia contra obstáculos insalvables, disfrutamos del apoyo de la mayor parte de las naciones occidentales pero siempre fuimos conscientes del hecho de que el mundo se inclinaba tradicionalmente más por reconfortar a los judíos como víctimas que a admirarles como vencedores.

De hecho, entre la Guerra de los Seis Días y los Acuerdos de Oslo, el apoyo global del que habíamos disfrutado se erosionó dramáticamente. Eso no sucedió simplemente porque los árabes hubieran asumido un nuevo papel de oprimido. Fue consecuencia en gran medida de las posturas de la nueva élite israelí en el poder, que mostraba un desprecio tácito hacia el esclarecimiento, afirmando de manera arrogante que la fortaleza militar era el único factor a considerarse. Despreciaban la guerra de ideas como un factor de importancia exagerada.

El cambio radical de Israel tuvo lugar al inicio de los Acuerdos de Oslo. Las negociaciones de tierra por paz con los palestinos separaron amargamente a la nación. A pesar de todas las pruebas de lo contrario, nuestro gobierno se obsesionó frenéticamente intentando persuadir a la gente de que Arafat era un socio de paz genuina. Presa de la desesperación, empezó a encubrir e inventar excusas para la criminalidad de los palestinos. Recurrió incluso a generar falsas ilusiones sobre nuestro "socio de paz", muy evocadoras de lo que estamos siendo testigos hoy.

Además, el entonces ministro de exteriores en funciones Yossi Beilin persuadió al Primer Ministro Yitzhak Rabin de que los judíos de la diáspora que presionaban en favor de Israel estaban mermando las negociaciones con los árabes. Rabin dijo brutalmente a AIPAC y los demás colectivos judíos que sus intervenciones a título de Israel eran contra productivas y les dio órdenes de desaparecer.

Al mismo tiempo, los elevados estándares de los diplomáticos israelíes se erosionaron de manera dramática, mientras los puestos para los amigos y la veteranía en lugar del mérito se convertían el principal criterio para los puestos de representación diplomática importantes. Simultáneamente, Beilin inventó jubilaciones anticipadas para muchos de los veteranos del Ministerio de Exteriores, reemplazándolos por personas completamente afines a su enfoque. Los nuevos diplomáticos recibieron órdenes de concentrarse en promover el proceso de paz, explicar la necesidad de dar acomodo a los derechos de los dos pueblos al territorio, y evitar debates mordaces. Como consecuencia, los portavoces israelíes tendían a evitar confrontar las mentiras árabes, y en su lugar reconocían que ambas partes cometían errores, sugiriendo que había llegado el momento de pasar página y evitar meterse entre más espinosos del pasado.

Fue un cambio radical de verdad. De promover nuestra causa apasionadamente, habíamos dado un giro en redondo. No solamente nos absteníamos de refutar falsedades, sino que cuando se incurría en bajas árabes como consecuencia de los esfuerzos del ejército por proteger a los civiles israelíes objetivo de ataques, el gobierno empezaba a disculparse instintivamente en lugar de culpar a los asesinos.

El remate final se asestaba cuando el Haaretz, el prestigioso diario israelí, lanzaba una versión inglesa y una edición virtual que publicaba artículos entre otras cosas dando a entender que Israel había nacido en pecado y desacreditaba radicalmente, e incluso demonizaba, las políticas israelíes. Antes de esto, los medios occidentales de referencia raramente llevaban artículos así.

El Haaretz proporcionó en la práctica el certificado judío para que los medios occidentales incorporasen el contenido antiisraelí más extremo. "Si los diarios israelíes pueden publicar esto, ¿por qué deben abstenerse los demás?" se convertía en la respuesta estándar a numerosos editores cuando eran acusados de dobles raseros y prejuicios antiisraelíes.

Para empeorar las cosas, la mayor parte de las embajadas extranjeras de Israel empezaron a basarse como autoridad en la edición inglesa del Haaretz, y sus radicales diatribas post-sionistas eran incorporadas a los informes despachados a sus gobiernos.

Nuestra situación normal se vino abajo conforme la opinión pública internacional empezó a calificarnos de estado agresor. Recuerdo discutir esto con el Primer Ministro Rabin y sus sucesores, que fue completamente incapaz o reticente a referirse al problema. Sus ojos simplemente se desviaban cuando quiera que se planteara el asunto de la guerra de ideas.

La situación empeoró bajo la presidencia de Ehud Barak, cuando la responsabilidad de gabinete desapareció y los ministros individuales empezaron a contradecirse públicamente entre sí en asuntos cruciales. En contraste, los árabes y sus aliados empezaron a volverse más disciplinados y a asegurarse de que todos sus portavoces repetían las mismas falsedades. Lamentablemente, al margen de Benjamin Netanyahu, los líderes israelíes fracasaron a la hora de apreciar la importancia debida. La distorsionada narrativa árabe no solamente recibía más prominencia global, sino que se aceptaba cada vez más en muchos sectores como la única verdad. Los intereses de Israel se vieron socavados adicionalmente cuando la Ministra de Educación Yuli Tamir daba mayor crédito a la falsedad de que Israel había nacido en pecado accediendo a incorporar la Nakba (el día palestino de luto por la creación de Israel) en el plan de estudios israelí árabe.

Pero en perspectiva, a pesar de toda esta denigración autoinfligida, el mayor fracaso de nuestros gobiernos fue su reticencia a evidenciar ante el mundo la naturaleza criminal de nuestro vecino palestino, la Autoridad Palestina, no menos que Hamas. Hasta la fecha, seguimos subestimando la cultura salvaje de muerte y la incitación antisemita en curso que impregna cada sector de la sociedad bajo la jurisdicción de nuestro vecino palestino: madres que envían alegremente a sus propios hijos al Paraíso como terroristas suicida; incitación en escuelas (hasta en jardines de infancia), mezquitas y medios a matar judíos ; Mahmoud Abbás, nuestro socio de paz, pone las pensiones a las familias de terroristas; celebraciones callejeras espontáneas que estallan en cuanto los terroristas tienen éxito matando israelíes en restaurantes o centros comerciales. El fracaso de nuestro gobierno a la hora de evidenciar internacionalmente comportamientos tan salvajes refleja la negación servil de la realidad por su parte.

En la práctica, a pesar de todas las pruebas de lo contrario, aún promovemos la mentira de que el conflicto con los palestinos es una lucha entre dos pueblos por un territorio. Si fuera así, habríamos logrado un acuerdo de paz hace muchos años. La xenofobia islámica que niega el derecho del pueblo judío a la soberanía sigue siendo la raíz del conflicto. Esto se reafirmaba hace tan poco tiempo como en Annapolis, cuando Mahmoud Abbás reiteraba su determinación a no reconocer nunca a Israel como estado judío.

A lo largo de los últimos años, los asuntos han alcanzado mínimos nunca vistos. Despejando el camino a la retirada unilateral, Sharon era el primer líder israelí en describir la presencia judía más allá de la Línea Verde como "ocupación".

Annápolis fue el golpe final, cuando Olmert, desesperado por complacer al Presidente Bush y apaciguar a los palestinos, aprobaba la narrativa árabe de los refugiados. Sintiéndose en la posición de poder, el impotente Mahmoud Abbás rechazaba cualquier tipo de concesión. Apenas recientemente, en una entrevista con un periódico jordano, Abbás afirmaba textualmente que "En este momento estoy contra la lucha armada porque no podemos lograrlo, pero las cosas pueden cambiar en las próximas etapas". Que el gobierno Olmert fuera incapaz siquiera de condenar y alertar al mundo tras una declaración tan indignante por parte de nuestro dudoso "socio de paz", que describe como "peor que el Holocausto" nuestros esfuerzos por proteger a nuestros civiles de ataques con misiles, manifiesta la profundidad del autoengaño al que hemos llegado y ejemplifica el motivo de que sigamos perdiendo la guerra de ideas.

Álvaro Bermúdez Náutica (Puerto del Buceo, Montevideo)

Instituto de Capacitación Profesional

 

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