Por Tomás Laguna

El precio de los alimentos y las predicciones de Malthus

Uno de los ejemplos más contundentes que demuestran que la economía es una ciencia derivada de la filosofía lo aporta el estudio de la obra de Thomas Robert Malthus (1766 – 1834). Párroco rural de la iglesia anglicana, fue el primer profesor de economía política de la historia. De su basta obra, el “Ensayo sobre la población” fue el trabajo cuya trascendencia se acrecienta con el transcurso de la historia de la humanidad. Su mayor legado es la teoría que indica que mientras los medios de subsistencia tienden a crecer aritméticamente, la población lo hace en relación geométrica, solo limitado por las restricciones morales, el vicio y la miseria.

Tal vez Malthus olvidó incorporar a su ecuación la capacidad racional del individuo por cultivar el conocimiento tecnológico, cuyo crecimiento ha sido exponencial a la par del crecimiento de la humanidad. Acaso las suposiciones de William Godwin, anteriores a Malthus, que sostenía que el hombre podía lograr la perfección por medio de la razón y la comprensión y que no satisfacían al pastor anglicano, son tan válidas como las fatalistas predicciones maltusianas y explican que estas se hayan diluido en la historia.

En definitiva, no importa si el tiempo transcurrido fue suficiente para dar la razón a Malthus. Muchos sucesos no previstos por él pueden haber desfasado sus predicciones, las que mantienen total vigencia hoy a partir de la realidad del mercado mundial de alimentos.

En los últimos días se han hecho públicas declaraciones de Ban Ki-Moon, Secretario General de las Naciones Unidas sobre el desafío sin precedentes en que se ha constituido la dramática escalada en los precios de los alimentos y las tensiones sociales que este hecho ha generado. En el mismo sentido se manifestó Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial quién hizo un llamado para frenar el hambre y la desnutrición, condiciones olvidadas dentro de los objetivos de desarrollo del milenio y que se agudizan ante la escalada de precios de los alimentos.

Las causas de la escasez de alimentos y consecuentes altos precios se explican por una demanda agregada de países como China e India, el alza en el precio del petróleo y el uso de cosechas para la producción de biocombustibles, la inmediata especulación de los mercados a futuro, la sequía de vastas zonas del planeta como consecuencia del cambio climático, y el mantenimiento de los subsidios por parte de los países industrializados, argumentos todos que jamás imaginó Malthus. En todo caso, por una vez en la historia los países productores de alimentos, en su mayor parte en vías de desarrollo, tienen la oportunidad de hacer valer sus bienes de exportación a despecho de los países importadores, precisamente los desarrollados.

Esto no evita que sean una preocupación los levantamientos civiles contra el valor de los alimentos, como el ocurrido en México por el valor de las tortillas, en Bengala occidental como consecuencia del racionamiento, en Haití, Senegal, Mauritania, o en Yemen dónde se realizan marchas de niños para reclamar por la hambruna infantil. Pero en ninguno de estos casos es responsabilidad de los países productores y en todo caso hay que dirigir la mirada al mundo desarrollado, las grandes asimetrías, los subsidios de los excedentes industriales y la incapacidad de las organizaciones internacionales creadas para combatir la pobreza y el hambre. Menos aún es responsabilidad de los biocombustibles, engranaje que vincula la producción de alimentos con el petróleo, producto este último que jamás mereció una reacción en la escalada de su precio por parte de las altas jerarquías en las organizaciones mundiales como la ONU y el Bco. Mundial. Acaso la oportunidad para países que como el nuestro debieron enfrentar la escalda de sus costos energéticos en tanto tomaban precios en los mercados internacionales distorsionados por los subsidios del mundo industrializado.

En los reclamos ante los precios en alza, imputando sin culpar a los países agrícolas, no se tiene ni por un momento en cuenta el tremendo incremento en los costos de producción que acompasa los precios del petróleo. Razonamientos temerosamente simplistas solo atinan a magnificar los valores de las materias primas sin detenerse en analizar los costos de producción. Lo más triste es que muchas veces estos parten de los propios países agrícolas, de los gobiernos demagogos y populistas como el argentino, o de la propia población urbana en muchos otros escondiendo un cierto resentimiento ante un sector que por una vez en la historia está en plena expansión, o por el desconocimiento de la trascendencia del mismo en las economías domésticas.

Días pasados se hizo público el informe del Banco Mundial titulado “Agricultura para el desarrollo” en el que se reivindica esta actividad de la economía como “instrumento de desarrollo fundamental para alcanzar el objetivo de desarrollo del milenio de reducir la proporción de personas que padecen hambre y viven en la extrema pobreza.” El informe identifica las herramientas que permiten que la agricultura sirva a los objetivos del desarrollo, entre las que merecen atención facilitar el acceso a activos como la tierra, el agua, la salud y la educación. Reivindica la inversión pública en el sector, el funcionamiento de sus mercados, mecanismos ágiles y adecuados de financiamiento, la innovación a través de la ciencia y la tecnología, y en definitiva una economía rural dinámica. La amplitud del informe imposibilita mayores referencias en esta nota, pero en última instancias aporta pautas fundamentales a ser tenidas en cuenta en la instrumentación de las políticas públicas agrícolas.

Definiciones sustantivas, vitales, impostergables para la proyección futura de nuestro país, ahora sí privilegiado en un mundo con hambre.

Fuente: Correo de los Viernes

Álvaro Bermúdez Náutica (Puerto del Buceo, Montevideo)

Instituto de Capacitación Profesional

 

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