

Por
José Carlos García Fajardo
Agresiones
de hijos a padres
Estas agresiones a los
padres, en más de la mitad de los casos, no se limitan a
ser verbales o psicológicas. Son físicas. Aunque está
lejos de la violencia de la que son objeto las parejas, ya suponen
el 22% de los casos atendidos, en 2007, por un programa municipal
para afectados y agresores con gran éxito en la capital de
España.
Ante un problema social,
lo mejor es plantearlo bien y atrevernos a llamar a las cosas por
su nombre. Que la preocupación por la violencia de género
no nos haga olvidar las agresiones psíquicas y hasta físicas
a las personas mayores en sus hogares o en residencias o de aquellas
que sufren algunos hombres por sus mujeres o la que sufren los padres
por sus hijos.
En una interesante entrevista,
Félix Arias, psicólogo de uno de los Centros de Atención
Familiar madrileños, subraya que los padres suelen tomar
conciencia de que van perdiendo el control sobre sus hijos a partir
de la preadolescencia (12 ó 13 años), cuando estos
tienen más capacidad de hacer daño físico y
son más autónomos. Cuestionan normas, horarios, la
autoridad. El desencadenante puede ser el rendimiento en el colegio,
el absentismo escolar, peleas, la falta de respeto a los profesores,
la separación de los padres o sus desavenencias y la mutua
falta de respeto.
El conflicto suele gestarse
en la infancia y aumenta hacia formas más peligrosas. El
agresor utiliza la violencia para ejercer el control y el poder
sobre los demás porque ha aprendido que así obtiene
lo que desea. No hay más que ver las llantinas y pataleos
de tantos niños a las salidas de los colegios si no les llevan
las golosinas que ellos prefieren en lugar de la tradicional merienda.
Esto continúa hasta la Universidad, jóvenes de ambos
sexos tomándose porquerías en lugar de un bocadillo
consistente, como hicimos siempre. A estos chicos desde pequeños,
en sus casas, les preguntan “¿Qué quieres para
merendar, cariño?” O de postre, o de cena, o de desayuno.
No puedo imaginar a mi madre ni a mi mujer haciendo semejantes preguntas.
Se come lo que te ponen delante. Igual que aprendes a no dejar nada
en el plato y a celebrar el esfuerzo que supone conseguir y preparar
esos alimentos. Pues no, hay muchos padres que dicen erróneamente:
“Pobres, ya tendrán tiempo de pasar privaciones, que
aprovechen ahora.” Hacen lo mismo con la ropa, exigen marcas.
O se creen con derecho al último aparato tecnológico.
Muchos padres gastan lo que no tienen para que los niños
no tengan traumas. ¿Qué traumas hemos tenido nosotros?
“Desobedece, falta
al respeto, rompe objetos, insulta, grita, empuja, y puede acabar
en golpes directos hacia el miembro más débil: la
madre. Aunque también se da en padres por su falta de firmeza
o, en caso de separación, por no estar presente en su entorno
cotidiano”, afirma Arias. El mecanismo de la víctima
es inverso al del verdugo: “Si cedo a la presión cesa
la agresión. De ahí que sean cada vez más permisivos”.
Estos hijos que van deteriorando
la vida familiar, suelen ser varones con baja tolerancia a la frustración,
que no se esfuerzan ni en casa ni en el colegio, vinculados a veces
a grupos violentos o al consumo de drogas, aunque no es una variable
esencial. Sin una sana disciplina, sin orden, sin referentes en
tareas, en horarios, cumplimiento del deber por cada miembro de
la familia se hace difícil la maduración de cada uno
de sus miembros. Y el niño se convierte en el “rey
o reina” que sus progenitores o parejas posteriores creen
que se les debía en una infancia imaginada.
La intervención
para resolver la situación afecta a toda la familia. Una
vez que se toma conciencia de la situación, que no es fácil
de asumir porque los padres se sienten culpables, comienza la terapia
para modificar la forma de relacionarse, de expresar las emociones
y controlar los impulsos.
“Una de las tareas
más difíciles de entender para los padres es que no
tienen que suplantar las responsabilidades de sus hijos, que las
tienen que asumir ellos y equivocarse porque de lo contrario no
les dejan crecer ni madurar”. Deben observar el problema desde
un punto de vista racional y ser firmes, sin rebajar las muestras
de cariño, descartando cualquier tipo de agresión,
incluso verbal. Junto a ello, se trabajan las habilidades de comunicación,
los valores, el respeto, la tolerancia...
Mis seis hijos y diez
nietos aprenden desde muy pequeños la máxima de Chuang
Tzú: “No olvides, cuando caigas, que el suelo te ayudará
a levantarte”. Lo fácil es correr a coger al niño
y decir “¡mala mesa! ¡mala silla! ¡mala
alfombra!”. Luego, pídeles coherencia.
Por eso, es necesario
promover cambios de actitud y de las reglas del juego, y respetarse
mutuamente. Debe quedar claro quién ejerce la autoridad y
generar una convivencia adecuada. Los padres tienen que ser exigentes
sin ser autoritarios, comunicativos, capaces de ponerse en lugar
del otro, cariñosos, compartir actividades… y no disimular
las propias flaquezas. Si un adulto cae, se levanta pero no echa
la culpa al suelo. |



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